Literatura amorosa. Parte I

Quizá podamos celebrar el día de San Valentín repasando los amores “que en la historia han sido”, o la manera como el hombre ha entendido la idea del amor según el tiempo que le ha tocado vivir.

En Cantar de los Cantares, por ejemplo, el amor es la unidad inalcanzable, el Dios desconocido que solo puede ser percibido por lo que no es, a través de la multiplicidad y de las alegorías. Así comienza el Cantar de los Cantares de Salomón:

Cantar de los cantares, el cual es de Salomón.
¡Oh, si él me besara con besos de su boca! 
Porque mejores son tus amores que el vino.

Una idea del amor, muy popular e influyente, es la desarrollada por Platón en su diálogo El banquete. Uno de sus personajes, Aristófanes, explica que Eros es el dios más beneficioso para los hombres pues cura los males  que impiden su felicidad. Hubo un tiempo en que las personas eran esféricas y poderosas y tanto anhelaron el cielo que, por luchar con los dioses, Zeus los dividió en dos mitades. A partir de ahí se esfuerzan por buscar su otra mitad para no separarse ya la una de la otra.

“La forma de cada persona era redonda en su totalidad, con la espalda y los costados en forma de círculo. Tenía cuatro manos, mismo número de pies que de manos y dos rostros perfectamente iguales sobre un cuello circular. Y sobre estos dos rostros, situados en direcciones opuestas, una sola cabeza, y además cuatro orejas, dos órganos sexuales, y todo lo demás como uno puede imaginarse a tenor de lo dicho.”

Por medio de Diotima, Platón desarrolla la idea del amor espiritual. El amor es el amor a la belleza, a la sabiduría y a lo bueno y debe considerar la belleza del alma como más importante que la belleza del cuerpo.

Durante la Edad Media podemos gozar de las canciones de amor del pueblo, recogidas en lengua romance y llenas de sencillez y de la turbación que le ocasiona a la joven el despertar al amor. Las jarchas se remontan a los siglos X y XI: “Mi amigo ya se va, /¿qué haré yo, madre? / Su fulgor es hermoso. /Ojalá no le amase. / ¡Amado mío, sola / no me puedes dejar! / Ven, besa mi boquita, /yo sé que no te irás.”

También hubo lírica culta escrita en lengua romance en la Edad Media: fue la provenzal, floreció en los siglos XII y XIII en la región de Oc, al sur de Francia, y difundió un nuevo concepto de amor: el amor cortés. La cortesía era la conducta de los que vivían en la corte, modelo de refinamiento y espiritualidad. Concibe el amor del caballero como un homenaje, un servicio, a una dama casada, que no le corresponde. Este tipo de amor hace sufrir al poeta quien, por ese sacrificio amoroso, se purifica y eleva su alma.

Esta canción del Marqués de Santillana expresa la fidelidad del amante por encima de cualquier circunstancia, idea que podría enlazar con la poesía cortesana:

“Si tú deseas a mí / yo non lo sé;  / pero yo deseo a ty / en buena fe.  / E non a ninguna más,  / así lo ten; / nin es, nin será jamás / otra mi bien. / En tan buen ora te vi / e te fablé, / que del todo te me di / en buena fe. / Yo soy tuyo, non lo dudes sin fallir; /e non lo piensses ál nin cuydes / sin mentir. / Después que te conosçí / me cativé / e seso e saber perdí /en buena fe. / A ti amo e amaré / toda sazón, / e siempre te serviré / ocn grand razón, /pues la mejor escogí /de quantas sé, / e non finjo nin fengí / en buena fe.”

Cabeza de Franceso Petrarca de perfil.

Cabeza de Franceso Petrarca de perfil.

Los hombres del Renacimiento recuperaron la filosofía del amor platónico y así, Ficino, Bembo, Petrarca, León Hebreo consideran que el amor es la aspiración del alma al goce de la belleza, donde se manifiesta Dios. Amar la belleza de la amada es una vía de acceder a Dios. En Diálogos de amor, León Hebreo, reflexiona que el fin del amor consiste en «acercarse al deleite como a bueno y hermoso». Y que  «la hermosura de todo el mundo inferior procede del mundo espiritual en las formas.” En definitiva, «El primer amante es Dios, que conoce y quiere, y el primer amado es el mismo Dios, sumo, hermoso».

 

 

El inolvidable Soneto V de Garcilaso de la Vega, además de un punto conceptista, es un prodigio de reflexión y expresión emocionada de un amor sostenido en el tiempo, cambiante, constante…

Retrato de Garcilaso de la Vega

Retrato de Garcilaso de la Vega

Escrito está en mi alma vuestro gesto,
y cuanto yo escribir de vos deseo;
vos sola lo escribisteis, yo lo leo
tan solo, que aun de vos me guardo en esto.

En esto estoy y estaré siempre puesto;
que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo creo,
tomando ya la fe por presupuesto.

Yo no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por hábito del alma mismo os quiero.

Cuanto tengo confieso yo deberos;
por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de morir, y por vos muero.

Estas liras del Cántico espiritual, de San Juan de la Cruz, si bien son uno de los mejores ejemplos de poesía mística, necesitan del lenguaje erótico para expresar el deseo de unión con la divinidad. Estas dos transmiten la desesperada agitación de un alma enamorada que no puede alcanzar a su amado:

Esposa

  1. ¡Ay, quién podrá sanarme!
    Acaba de entregarte ya de vero:
    no quieras enviarme
    de hoy más ya mensajero,
    que no saben decirme lo que quiero.
  2. Y todos cuantos vagan
    de ti me van mil gracias refiriendo,
    y todos más me llagan,
    y déjanme muriendo
    un no sé qué que quedan balbuciendo.

 

Y estas dos, misteriosas, bellísimas liras, el embelesamiento del alma enamorada que observa al ser más perfecto que existir pueda sobre la faz de la Tierra:

La Esposa

  1. Mi Amado, las montañas,
    los valles solitarios nemorosos,
    las ínsulas extrañas,
    los ríos sonorosos,
    el silbo de los aires amorosos,
  2. la noche sosegada
    en par de los levantes del aurora,
    la música callada,
    la soledad sonora,
    la cena que recrea y enamora.

Cerramos el ciclo clásico con el tiempo del desengaño, el pesimismo, del Barroco. Y aun así, hay todavía algo capaz de redimir al caduco ser humano: el amor.

Don Francisco de Quevedo

Don Francisco de Quevedo

Amor constante, más allá de la muerte, por Francisco de Quevedo
Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;
mas no, de esotraparte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.
Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido,
su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.
[Quevedo, Francisco de: Obra poética, tomo I, ed. de José Manuel Blecua Teijeiro. Madrid, Castalia, 1969-1971, pág. 657.]

 

Fuente de la imagen del carrusel: Venus recreándose en la Música. Tiziano, Vecellio di Gregorio
Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado.