La salud mental en la educación: un problema silenciado en nuestro tiempo

Eurydice España-REDIE os invita a reflexionar hoy sobre un tema tabú, el de las enfermedades mentales, que propone la red Eurydice en su serie de artículos conocidos como Focus On.

“No resulta saludable estar bien adaptado en una sociedad profundamente enferma” – Jiddu Krishnamurti

Cuando los niños tienen problemas físicos de salud las escuelas se dan cuenta de ello muy pronto. Además, las actividades para concienciar sobre la importancia de la salud física son muy comunes, ya se ponga el acento en la nutrición, en la higiene o el deporte. Sin embargo, aunque los niños pueden padecer problemas de salud tanto mentales como físicos, la salud mental tiene muchas menos probabilidades de ser objeto de interés o de preocupación en los centros educativos. ¿Por qué ocurre esto y cuáles son las consecuencias de pasar por alto la importancia de la salud mental en educación?

Mientras que las enfermedades físicas son visibles, los problemas mentales suelen permanecer ocultos: solemos sentirnos más incómodos hablando de enfermedades mentales y, además, tratamos de evitar pensar en la salud mental de los niños. Independientemente de nuestro malestar y del intento de esquivar el tema, la Organización Mundial de la Salud estima que uno de cada cinco niños y adolescentes padecen problemas emocionales, del desarrollo o de comportamiento y que uno de cada ocho tiene un trastorno mental.

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Los problemas de salud mental se desarrollan temprano. La investigación demuestra que el 50% de los problemas de salud mental en adultos comienzan antes de los 15 años y el 75%, antes de los 18. Un proyecto de 2015 sobre la salud mental en las escuelas en Europa concluyó que alrededor del 10% de los estudiantes de entre 6 y 11 años tenía problemas mentales que requerían atención médica. Dicho de otro modo, en todas las clases de primaria hay una media de 2 y 3 niños con algún problema mental. Y para completar este inquietante panorama, un número desproporcionado de profesores sufre también problemas mentales.

En Reino Unido, la encuesta Health Survey-2017 encontró que el 75% de los profesores encuestados refirió haber padecido un problema de salud física o mental relacionado con el trabajo en los dos años anteriores, en comparación con el 62% del resto de la población.

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Tan pronto como se aborda el tema de la salud mental en las escuelas, es rápidamente silenciado. Un ejemplo es el gobierno de David Cameron, que en 2015 dio el paso inédito de nombrar a Natasha Devon, una activista en el campo de la salud mental de los jóvenes, Defensora de la salud mental en las escuelas. Sin embargo, después de que ella criticara las políticas educativas del gobierno, especialmente la que ha ocasionado un incremento de las pruebas estandarizadas entre los alumnos, que ella decía estaba afectando a la salud mental de estos, fue retirada de su puesto.

La tendencia a extender cada vez más la práctica de los test al alumnado se ha vuelto ubicua en Europa y en el mundo. El estudio Eurydice de 2011 sobre test nacionales en Europa concluyó que “las pruebas estandarizadas nacionales se están desarrollando cada vez más con el fin de satisfacer la necesidad de disponer de datos sobre los resultados de los alumnos”. En el plano internacional, los test PISA de la OCDE se consideran una importante referencia para comparar los sistemas educativos. Sin embargo, mientras estos test pueden servir para fines útiles, también hacen crecer la ansiedad y el estrés entre alumnos y profesores por igual.

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Muchas decisiones políticas bienintencionadas pueden, de forma inadvertida, reforzar problemas de salud mental. La necesidad de juzgar el éxito o el fracaso de las políticas educativas a través de evidencias estandarizadas nos ha llevado a medir los resultados a través de los test fundamentalmente. A la vez, el objetivo esencial de la educación es desarrollar las habilidades necesarias para un mercado laboral impredecible, con un énfasis especial en la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas. Es raro que a otras asignaturas se les conceda igual importancia en las discusiones políticas o que los objetivos como el logro y satisfacción personal y el bienestar sean valorados. De manera que las escuelas ponen a los niños bajo la presión de triunfar en un rango muy limitado de asignaturas, mientras implícita o explícitamente se los etiqueta como éxitos o fracasos durante el proceso. Mientras tanto, las actividades que pueden favorecer el desarrollo de la personalidad y el control del estrés, como el deporte, la música, la danza y el arte pierden tiempo de instrucción.

Tampoco se reflexiona mucho acerca del impacto del clima escolar sobre los jóvenes potencialmente vulnerables. Por ejemplo, un objetivo de la educación que se expresa habitualmente es conseguir que los niños y los jóvenes sean más resilientes. La resiliencia consiste en saber lidiar con la dificultad, y esto es realmente importante. Sin embargo, los niños interiorizan la idea de que experimentar dificultades puede ser un signo de debilidad por lo que pueden tender a esconder los problemas y desarrollar un miedo a fracasar. Estas actitudes no solo les impiden aprender, sino que además pueden ser perjudiciales para su salud mental.

Los sistemas educativos no son los únicos responsables de generar los problemas de salud mental de los niños, pero podrían ser un factor importante para el hallazgo soluciones a esos problemas. No es inevitable que las sociedades acaben con problemas de salud mental crónicos y universalmente extendidos. Pero si queremos afrontar este problema, deberemos primero ser capaces de reconocer que existe.”

Los autores de este artículo son: David Crosier y Ralitsa Donkova.

A vuestra disposición,

Eurydice España-REDIE