Innovar en educación

Entendemos que la innovación sirve para mejorar, que los cambios o novedades que introduce mejoran lo que se cambia y permiten ser más eficaces en relación con los objetivos que se pretenda alcanzar, ya sea porque mejora el resultado o permite alcanzar el objetivo con más facilidad. Si no hay mejora, no hay innovación, y difícilmente se podrá mejorar sin innovar.

Existen diversos tipos de innovación. Leemos en la Wikipedia (http://es.wikipedia.org/wiki/Innovar):

La tercera edición del Manual de Oslo (OECD, 2005) define la innovación como la introducción de un nuevo, o significativamente mejorado, producto (bien o servicio), de un proceso, de un nuevo método organizativo, en las prácticas internas de la empresa, la organización del lugar de trabajo o las relaciones exteriores.

El concepto de innovación se ha visto ampliado en el nuevo milenio. Peter Drucker –Managing in the Next Society (2002)- lanzaba la idea de que las empresas competían ya no con productos sino con modelos empresariales. Dichos modelos nacían de la innovación y eran más competitivos cuanto más intensa fuera la misma. De esta idea surgen posiciones sobre la innovación basadas en el análisis de la cadena de valor sectorial. Es decir, la innovación puede recaer sobre aquellas partes de la cadena que aporten más valor al sector y a las empresas u organizaciones del mismo. Por eso se hace necesario conocer el sector, su cadena de valor, para entender qué tipo de innovación es más interesante en el mismo, qué procesos de diseño, modelos organizativos y de gestión del conocimiento facilitan esa innovación en ese sector.

¿Hay diferencias entre innovar en educación y en otros sectores? ¿Cuál es la cadena de valor en el sector educativo? ¿Qué tipo de innovación puede ser más fructífera y conveniente? ¿En qué puede mejorar el modelo organizativo? ¿Cómo podemos mejorar los procesos con el fin de conseguir mejores resultados?

La innovación en el mundo empresarial es clave para la propia supervivencia y más aún en una sociedad que genera cambios a cada vez mayor velocidad por el propio impulso de las nuevas tecnologías. ¿No es así en el ámbito educativo? Los cambios en educación suelen requerir más tiempo, por el propio anclaje a la tradición metodológica y la transmisión de conocimiento básico consolidado, pero ello no debería estar en contradicción con la actualización continua y asumir el reto de estar en sintonía con los cambios que se producen en la sociedad y las nuevas necesidades de aprendizaje que se generan. No podemos quedarnos estancados en un modelo (propio de la era industrial) que limite al estudiante a ser receptor de información acotada que tiene que recordar y reproducir en pruebas de evaluación. Hay que activar procesos de innovación que permitan introducir los cambios necesarios para adaptar la educación a la nueva sociedad de la era digital, resultado de la propia innovación en las tecnologías de la información y comunicación, que afectan de forma importante a los procesos de transmisión y gestión del conocimiento y requieren la formación en nuevas competencias no atendidas en el aprendizaje formal tradicional.

La cadena de valor en el sector educativo reside principalmente en las personas que ejercen la profesión docente. Son quienes diseñan y programan las actividades de aprendizaje de los estudiantes, quienes tienen que mejorar los procesos, utilizar los nuevos medios y poner en común el conocimiento y las buenas prácticas que pueden permitir mejorar el servicio y sus resultados. La formación inicial y continua de los docentes, su desarrollo profesional, motivación y reconocimiento, su participación relevante en la estructura organizativa son elementos clave en cualquier proceso de innovación en el sector educativo que pretenda ser colectivo y generalizable.

La puesta en común de buenas prácticas, de ejemplos de innovación, experiencia y recursos de interés, la participación en comunidades profesionales, nos permiten reflexionar sobre cómo ser más eficaces con respecto a los objetivos educativos que pretendemos alcanzar con nuestro trabajo, lo cual es una aspiración de todo buen profesional docente, independientemente de las circunstancias laborales, organizativas y presupuestarias de cada momento y lugar. En situaciones de crisis social y económica, la innovación puede tener todavía mayor importancia.

Ángel Fidalgo propone el símil de la silla para entender qué es la innovación educativa y cómo aplicarla en su blog Innovación Educativa. Son cuatro los elementos que dan soporte a la innovación: personas, procesos, conocimiento y tecnologías. Dice Fidalgo que “todas las patas son importantes; no hay una más importante que otra ya que basta con que falte una sola pata para que cuando intentemos sentarnos vayamos directamente a besar el suelo”.

La sociedad necesita docentes atentos a la innovación, las buenas prácticas y las tecnologías emergentes, conectados a otros docentes, capaces de resolver problemas y generar conocimiento en redes de colaboración abierta. Una buena gestión de recursos humanos debería facilitar la mejora continua de los procesos mediante la generación de conocimiento colectivo mediado por la fluidez de comunicación e información compartida que proporcionan las nuevas tecnologías. Esto será difícil si no tenemos equipos directivos con esa orientación de mejora continua, con la competencia digital y pedagógica necesaria para organizar y promover proyectos educativos de centro que integren la nueva realidad tecno-social.

Las administraciones disponen de diversos mecanismos para impulsar, destacar y reconocer las buenas prácticas y promover su difusión. Los centros de innovación, ya sean regionales o nacionales, deberían ejercer como plataformas activas que recogieran y pusieran en común las mejores iniciativas, que promovieran y facilitaran la presentación, desarrollo y participación en proyectos de innovación, proporcionando asesoramiento, difusión, apoyo y el correspondiente reconocimiento. El uso de los nuevos medios tecnológicos de información dinámica y en red es imprescindible para activar ese importante trabajo de gestión de comunidades de innovación y difusión de proyectos. No sirve con estos fines una formación de profesorado que solo tenga como indicador la certificación de horas en cursos de dudosa relación directa con la práctica docente real para conseguir un complemento salarial. Necesitamos una nueva regulación de la formación y el desarrollo profesional docente, con nuevos indicadores e incentivos que impulsen el sentido innovador de quienes son la principal pieza en la cadena de valor del sector educativo. Recordemos que la calidad de un sistema educativo, por innovador que pretenda ser, siempre depende de sus propios docentes, de su formación inicial, de los procedimientos de ingreso en la profesión, de su desarrollo profesional continuo, su compromiso con la mejora de los procesos y su integración y participación en la organización y proyecto educativo de cada centro.

Autor: José Luis Cabello

Imagen: ‘town‘ en flickrcc:70848781@N00/2356887661