Porque la Evaluación es la Clave

Todos las propuestas orientadas hacia la mejora de los centros en lo que a las cuestiones pedagógicas se refieren, esto es el replanteamiento de roles y modelo pedagógicos, la promoción de la competencia digital y de los recursos educativos abiertos, o la revisión y reinterpretación de los currículos para dar respuestas a las necesidades del alumnado de la era digital, llevan a un callejón sin salida y forzosamente a una vuelta a modelos tradicionales sin una revisión profunda de las prácticas de evaluación.

La paradoja que supone proponer nuevas formas de estar y ser en el aula, y al mismo tiempo pedir que se siga evaluando de la misma (y única) forma, es decir con un examen final, la pone sobre la mesa Aitor Lázpita recordando el caso de la carta/paquete con la que Franz Kafka pidió matrimonio a Felice Bauer, en la que además de la propuesta de matrimonio el escritor praguense incluía toda una serie de razones por las que su propuesta podía ser rechazada.

Cuando un docente descubre la riqueza de la evaluación al servicio del aprendizaje empiezan a surgir ideas y a desarrollarse nuevas prácticas de enseñanza y aprendizaje, en las que la evaluación devuelve información a todos los participantes en el proceso formativo. Al docente, para saber si la actividad que ha diseñado lleva a la consecución de objetivos de aprendizaje previstos; al alumnado, para conocer sus progresos durante el trabajo y orientar con más acierto sus esfuerzos; a las familias, para participar en el proceso y no ser simplemente unos espectadores o receptores de un resultado final; a la organización, para modelar sus prácticas colaborativas, reconocer el valor de sus experiencias e identificar los aspectos de mejora.

Un fantástico ejemplo de las oportunidades que la evaluación nos ofrece como diseñadores de experiencias de aprendizaje, a la vez que la variedad de actores, estrategias y dinámicas que podemos poner en marcha en un proceso de evaluación, lo encontramos en La Rambla Aumentada, un proyecto de aprendizaje-servicio que llevó a cabo Manuel Jiménez y el alumnado de 2º de Bachillerato que cursaba la asignatura Tecnologías de la Información y la Comunicación en el IES Tierno Galván de La Rambla (Córdoba).

En este proyecto encontramos muchos enfoques de la evaluación: se habla de hetero-evaluación (profesor-alumno, alumno-asignatura/profesor, externa) y co-evaluación (entre pares, interna), así como de la evaluación sistemática que el alumnado llevó a cabo aplicada al desarrollo del propio proyecto.

Reducir la evaluación a la calificación es probablemente el gran error de muchos docentes, para los cuales no hay otra evaluación que un examen. Quizá si observáramos el trabajo de los maestros y maestras de infantil podríamos aprender algo más sobre evaluación, como propone Gloria Figueroa en Algunas realidades de la evaluación:

Comencé por hablar con los de preescolar donde la nota como número no existe. Sus reflexiones fueron muy importantes; consideran que todo el tiempo se está observando a los niños desde diferentes miradas, dimensiones y avances. En general tienen muy en cuenta lo que alcanzan y lo refuerzan para crear en ellos confianza. Su atención está puesta allí, hay permanente diálogo entre el estudiante y la profesora. Hay un ambiente de confianza para compartir lo que han aprendido.

La evaluación en estas etapas, “donde la nota como número no existe”, no es un objeto de diferenciación y clasificación del alumnado, no tiene un valor punitivo, donde se señala y distingue al “mal alumno”. Como tutor he tenido que afrontar situaciones provocadas por esas connotaciones negativas de la triada evaluación/calificación/examen, con alumnado que literalmente enfermaba al somatizar su miedo a la prueba de evaluación, y seguro que no soy el único.

Necesitamos dignificar el valor de la evaluación, y devolverle todo lo que de positivo tiene. Que el alumnado deje de sentir la evaluación como algo que entorpece su aprendizaje. Promover la autoevaluación y la evaluación entre iguales. Convertir la evaluación en un proceso de obtención de información rica, personalizada y significativa. Y por supuesto ser capaces de evaluar no sólo los aprendizajes formales, sino también los aprendizajes no formales e informales, da igual si ocurren en la escuela o fuera de ella.

Incluso desde una perspectiva finalista de la evaluación, Fernando Otero-Saborido, citando a Gerg Biesta, nos invita a reflexionar si estamos midiendo y cuantificando aquellos aspectos del aprendizaje realmente valiosos, o si más bien estamos empoderando en las aulas aquello que es más fácil numerizar.

Por otra parte, revisar y ampliar el concepto de conocimiento nos ayudará a revisar y ampliar nuestras prácticas de evaluación. Y es que, como dice Francesc Llorens en el post que dedicó a las pruebas PISA:

El conocimiento científico es sólo un tipo de conocimiento. Ni es todo el conocimiento, ni necesariamente el mejor, salvo si es enjuiciado según sus propios criterios. Ni tampoco excluye otro conocimiento de tipo complementario.

También Juan Delval profundiza sobre esta cuestión en uno de sus libros imprescindibles (Aprender en la vida y en la escuela), destacando la importancia de las narraciones como vía de acceso a un conocimiento relacionado con lo concreto y lo particular, y por tanto a menudo más accesible para el alumnado, y lamentándose del desplazamiento del conocimiento narrativo en la escuela en favor del modelo científico como única forma de acceso al conocimiento.

Pero si sólo evaluamos el conocimiento científico, sistematizado y organizado a partir de principios universales y frecuentemente opuesto al conocimiento cotidiano (en Ideas científicas en la infancia y adolescencia explican cómo la investigación psicológica evidencia la persistencia de las ideas espontáneas del alumnado frente a teorías científicas, mejores pero aparentemente menos evidentes), y además este conocimiento lo evaluamos de una única forma, fracasaremos en la transformación de nuestras prácticas docentes.

La evaluación es la clave del éxito, por ese motivo una de las actividades de este MOOC abiertas a toda la comunidad docente (fuera del programa de actividadesn formales del curso) era generar un banco colaborativo de prácticas de evaluación innovadoras, integrando además las TIC.

Y me quedo, para terminar, con la propuesta de José Luis Castillo: necesitamos reinventar la profesión docente, y el timón que nos puede permitir esa reinvención es la evaluación.

Y es que, sin ninguna duda, la evaluación es la clave.

Imagen de cabecera | Exam por Alberto G. con licencia CC-by

Sobre el autor

Docente de Matemáticas y Tecnología en Secundaria, y dedicado desde hace más de 10 años a la formación permanente y a aprender sobre cómo usar la tecnología en educación. Ha trabajado durante 8 años para la administración andaluza y actualmente es miembro fundador de Conecta13, Spin-off de la Universidad de Granada. En la red es @balhisay y escribe en e-aprendizaje.es.