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Mis cinco lecturas recomendadas para el Día del Libro (23 de abril)

Sí, ya sé que está a punto de terminarse el día pero me gustaría añadir mi granito de arena a este mundo lector. Coincido con todos vosotros y vosotras que la lectura es una acto tan personal que recomendar lecturas es peligroso porque cada uno tiene unos gustos, unas necesidades en un momento concreto, un cansancio acumulado que no invita a lecturas profundas y largas… en fin, no siempre estamos preparados para leer y mucho menos para leer ciertas cosas…

Así que pensando en todo esto, os dejo mis cinco libros de cabecera, los que me llevaría a la Luna, los que me gusta siempre ver en la estantería. No están por orden de preferencia, ni por temática, ni por antigüedad… Sólo están en el orden que mi memoria los ha llevado a esta lista. Si leéis alguno y os apaña, me gustaría saberlo. Si no os apaña, también. No dejéis de compartir conmigo vuestras lecturas. Estoy convencido de que serán tan interesantes como las que os propongo aquí.
Y aquí van…
1. La saga de Harry Hole / Jo Nesbo. Vale. No es un libro sino que son cinco los publicados en España hasta la fecha (Petirrojo, Némesis, La estrella del diablo, El redentor y El muñeco de nieve). Novela negra de la buena. Os recomiendo leerlas en el orden de publicación porque es importante.
2. Cita con Rama / Arthur C. Clarke. Ciencia ficción de la mejor. Un libro de principio de los 70 que me enganchó desde la primera página. Tiene tres libros más que completan la saga pero que no le llegan a la suela de los zapatos (Rama II, El jardín de Rama y Rama revelada)
3.  El principito / Antoine de Saint Exupéry. Seguro que no os descubro nada de este fabuloso libro. Pero recordad: Sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos.
4. La piel del tambor / Arturo Pérez-Reverte. Misterio, intriga, pasión en uno de los lugares más apasionantes de España. Navegar por este libro es navegar por el Guadalquivir, oler el aroma de los naranjos, pasear por las callejuelas de Sevilla.
5. Microsiervos / Douglas Coupland. Un grupo de programadores que se van de Microsoft para montar su propia empresa de programación. Parece un rollo, ¿verdad? Es lo más divertido que he leído sobre el mundo de la alta programación. No dejes de leerlo si quieres desmontar mitos de los grandes de la informática.
Sé que cinco son pocos pero recuerda, mejor poco y bueno que mucho y malo. Así que te emplazo para una futura entrada con más lecturas recomendadas. ¡Gracias por leerme!

Viaje al pasado VI

Capítulo VI

Cerré la puerta del baño tras de mí. Recordaba lo que había pasado la última vez. Abrí el agua caliente y esperé a que la habitación se llenara de vapor. Había sacado la moneda de la argolla y la tenía en la mano. La miré fijamente, me concentré en volver. Por un momento pensé que no iba a funcionar pero cuando levanté la vista ya no estaba en el baño. Estaba en la calle, en Ronda. Todo estaba como siempre. Me sentí feliz, más que eso, eufórica, bombeando adrenalina.
Estaba en el centro de la ciudad. Me dirigí hacia una calle secundaria. No podía dejar que nadie me reconociera. ¿Y si me encontraba conmigo misma?¿Era eso posible? ¿O yo era yo y no había una doble mía en ese año? ¿Tendrían razón las teorías sobre los viajes en el tiempo de las películas?
Decidí arriesgarme lo menos posible. Lo primero era confirmar la fecha y después salir de Ronda. No podía quedarme allí. Pasé por la puerta de una librería y me fijé en los periódicos que había expuestos: 22 de febrero de 1998, leí en El País (35). Ahora ya estaba segura.
Muy bien, ahora tenía que largarme de allí. Lo más fácil era coger un autobús, el problema era que no tenía dinero, ni para autobús ni para nada. De todas formas me fui para la estación. No podía ir ni a Málaga, ni a Granada, ni a los pueblecitos de la serranía, por temor a encontrarme con alguien que conociera. Así que el mejor destino dentro de los más asequibles era Sevilla. Un billete para Sevilla costaba sobre 700 pelas (36), tenía que recordar que todavía no estaba el euro.
Me senté frente a los andenes, puse cara de preocupación y esperé a que alguien se sentara a mi lado. Al poco tiempo una mujer de unos cincuenta y pico años puso una bolsa de plástico entre las dos y se sentó.
‒ Buenos días.
‒ Buenos días‒ contesté.
‒ Hay que ver todavía el helor que hace por las mañanas ¿verdad? ‒ empezó a  decir la mujer
Eso era lo que necesitaba, una buena mujer con ganas de charlar y cara de buena gente. Me sentía fatal por dentro por lo que iba a hacer pero no tenía más remedio.
Continué la charla sobre el tiempo un poco más, lo suficiente para que la conversación se tornara (37) más personal. Las charlas cuando esperas el tren o el autobús siempre son así, un poco de charla intrascendente sobre el tiempo, alguna cosa más y si hay suficiente tiempo antes de que llegue el transporte se pasa al consabido (38): “¿Y tú dónde vas?” Y ahí llegó la buena mujer.
‒ Ya, a ningún sitio ‒ le contesté.
‒ ¿Estás esperando a alguien?
‒ No, no. ‒ Tragué saliva. ‒ Vengo de Málaga e iba a Sevilla, pero me han robado la cartera, y no puedo ni llamar a casa para avisar de que no puedo comprar el billete. Estoy esperando a ver si veo a alguien conocido para pedirle dinero.
‒ ¡Madre del amor hermoso(39)!  Ay, pobrecita. ‒ Había mordido el anzuelo. ‒ ¿Llevas mucho tiempo esperando?
‒ Como hora y media.
Empezó a sacar su cartera del bolso. Me sentí todavía peor, pero era la manera más rápida de salir de allí.
‒ Mira, toma 1000 pesetas, seguro que con esto puedes comprar el billete y algo de comer, que de aquí a Sevilla hay un buen trecho (40).
‒ Pero señora, no, por favor, de verdad, que seguro que aparece algún amigo y me presta el dinero.
‒ Mira, como no lo cojas me voy a enfadar, ¿eh? Venga, por favor, coge el dinero y compra el billete.
La miré agradecida y cogí el dinero mientras desviaba la mirada por vergüenza.
‒ Gracias, de verdad, muchísimas gracias. ‒ Se me saltaron las lágrimas.
La pobre mujer creería que de alivio y así era, en 20 minutos saldría de Ronda.
 
(35) Periódico de tirada nacional en España.
(36) Coloquial para pesetas.
(37) Volverse.
(38) Conocido por todos.
(39) Expresión de sorpresa.
(40) Camino. Espacio entre dos puntos.

BIODIVERSIDAD

HISTORIA DE LA EDUCACIÓN

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Viaje al pasado V

Capítulo V

Cuando me levanté a la mañana siguiente, no había nadie en la casa. Aproveché para salir a buscar información. Supuse que podría empezar buscando el ayuntamiento, un lugar donde me pudieran informar. Me dirigí al lugar donde estaba el de mi época, todo estaba muy cambiado y me desorienté un poco. Encontré un edificio con una señal que decía: “Edificio Oficial nº 1”. Sería lo que estaba buscando. Entré y vi a varias personas esperando sentadas y una ventanilla con un cartel donde se podía leer “¿Podemos ayudarle?”
‒ Buenos días ‒dije. ‒¿Podría hacerle una pregunta?
La mujer de la ventanilla asintió (25).
‒ Verá, resulta que vengo de otro sitio… mmm… del pasado.
‒ ¡Oh!, no tenemos muchos como usted por aquí. ‒ Su cara se iluminó. ‒ Cuente, cuente, ¿en qué puedo ayudarla?
‒ Pues, quiero volver… a mi año
‒ Querida, eso no es posible, ¿no se lo ha explicado su anfitrión (26)?
Rápidamente volvió todo el cabreo (27) del día anterior:
‒ ¿Por qué no es posible? Ustedes no pueden ir secuestrando a la gente así como así.
La mujer puso voz melosa como si hablara con un niño:
‒ No es secuestro, es un privilegio. Venir a vivir aquí, tan evolucionados como estamos. Dejar atrás toda esa contaminación, el ruido, los problemas económicos. No entiendo qué razones podría tener para volver.
‒ Da igual las razones, simplemente quiero volver.
Viendo que insistía se encogió de hombros y me dijo:
 ‒ Pues utilice una moneda.
‒ ¿Qué moneda ni qué ocho cuartos (28)?
‒ Usted para venir aquí ha tenido que usar una moneda, la moneda, al contacto con el vapor de agua crea una onda espacio- temporal que según la fecha en la que haya sido acuñada le lleva a un sitio o a otro en el tiempo. Tiene que buscar una moneda que pueda devolverla a su tiempo.
Me quedé pensando. ‒ ¿Tengo que buscar una moneda con el año al que quiero ir?
‒ Exactamente.
Ya tenía algo por donde empezar. Necesitaba una moneda de mi época, sabía donde encontrarla. El turista había venido a mi tiempo así que él tendría una. Volví a su casa, empezaría la búsqueda allí, siempre y cuando no me lo encontrara cuando llegase.
No tardé mucho en encontrar el edificio donde me había llevado el día anterior. Recordaba el piso, me había fijado por la mañana antes de salir. Cuando estuve frente a la puerta caí en la cuenta (29) de que no tenía llave.
Observé que al lado de la puerta había una especie de pantalla. Supuse que sería para leer la huella de la mano, al fin y al cabo estaba en el futuro, puede que las llaves hubieran dejado de existir. Puse la palma sobre la pantalla y apareció un mensaje de error: “No se reconoce huella auricular (30), inténtelo de nuevo”. ¿Huella auricular? ¿La oreja? Me sentí un poco ridícula ladeando (31) la cabeza para poner mi oreja en la pantalla.
La puerta se abrió, parecía que de alguna forma, mi anfitrión había registrado la huella de mi oreja para permitirme entrar sin problemas. ¿Cuándo lo había hecho? Ofú, ya estaba hartándome de tantas preguntas sin respuestas. Me iba a estallar la cabeza.
Rebusqué por todas las habitaciones y por todos los cajones y armarios. Miré en los rincones, busqué por escondrijos (32) secretos, pero no encontré ni una sola moneda.
Cansada, comí algo y esperé a que el turista llegara. Era su casa así que aparecería tarde o temprano.
Después de unas tres horas la puerta se abrió y entró Garton.
‒ Dame la moneda‒ le exigí.
Enarcó las cejas.
‒ ¿Todavía empeñada (33) en volver? Mis amigos llegaran en media hora. ¿Vas a seguir cabreada?
Me levanté y entré en el dormitorio. Me senté en la cama y empecé a juguetear con mis llaves. Estaba absorta, pensando cómo salir de allí cuando me percaté de ello. ¡Tenía monedas! En el llavero, había guardado unas monedas de 25 pesetas como amuleto. Tenían un agujero en el centro y las había enganchado en la argolla (34) del llavero. Llevaban tanto tiempo allí que había olvidado que las tenía, se habían convertido en un objeto de adorno.
Miré las fechas, tenía tres monedas, dos eran de 1996 y la última de 1998. No era exactamente mi año, sino 14 años antes.
Salí al salón.
‒ ¿Puedo darme una ducha?
‒ Claro, en el baño de tu habitación encontrarás todo lo que necesites, si echas en falta algo, dímelo.
 
(25) Mover la cabeza afirmativamente.
(26) Persona que tiene invitados en casa.
(27) Mosqueo, enfado.
(28) Expresión para enfatizar desacuerdo.
(29) Darse cuenta.
(30) Del oído, de la oreja.
(31) Poner de lado, inclinado.
(32) Escondite, lugar oculto.
(33) Empeñarse: insistir con perseverancia.
(34) Aro de metal.

 

Biografía de Miguel de Cervantes. Ejercicio para practicar el pretérito indefinido

Hace varios meses diseñé la siguiente presentación para practicar el pretérito indefinido en clase.
Como ya he mencionado antes, en mi actual trabajo no tengo pizarra digital, pero cuento con un proyector y una pizarra blanca, así que aprovecho estos recursos para “simular” una pizarra digital.
En esta presentación se cuentan algunos datos de la biografía de Miguel de Cervantes, así mis alumnos pueden ver el uso del pretérito indefinido en las biografías. Como el grupo tiene el nivel A2, es una biografía muy sencillita, aún así hay palabras que desconocen que voy explicando a medida que avanza la presentación; eso sí, si no hay nadie en clase que la conozca y se la pueda explicar a sus compañeros.
A parte del objetivo más directo de esta actividad, también se incluye al final una referencia al día del libro, y así aprovecho para explicar en clase qué pasa durante ese día y las diferentes costumbres que existen en España al respecto. Al finalizar la actividad ponemos en común las diferentes costumbres en los países de la clase sobre el día del libro. 
Como ejercicio extra les pido que escriban una autobiografía. Es importante recalcar que tiene que ser una autobiografía, puede ser real o puede tener datos ficticios, el objetivo es que interioricen un poco más la morfología del indefinido. Nunca pido una biografía, porque aunque puede ser motivador para el alumnado escribir sobre la vida de algún ídolo no pueden evitar consultar Internet para aprender más hechos y al final acaban copiando frases, ese no es el objetivo que persigo, yo quiero que comentan sus propios errores.

INTENSO HANEKE

http://www.youtube.com/watch?v=WJuEBqbZT3Q

Viaje al pasado IV

Capítulo IV

Me quedaban muchas preguntas que hacer, mientras caminábamos hablamos un poco. El turista me dijo que se llamaba Garton, que eran habituales los viajes al pasado, “otro tipo de turismo”, lo llamó. Yo me sentía un poco abrumada pero la cuestión que más me importaba era cómo iba a volver.
‒ ¿Puedes explicarme qué hago aquí? ‒ le pregunté.
‒ Eres mi souvenir.
Me quedé de piedra: ‒ ¿Qué?
‒ Que eres mi souvenir, mi recuerdo.
‒ A ver, verás, es que yo soy una persona, no una postal ni una figurilla.
Cuando se dio cuenta de lo furiosa que me estaba empezando a poner intentó arreglarlo.
‒ Mmm. Te explico: la gente aquí tiene la posibilidad de viajar al pasado, como te he dicho antes, el viaje en el tiempo es algo que se consiguió hace mucho tiempo y no es muy caro, la verdad. Hay unas pocas reglas sencillas que tenemos que cumplir pero nada del otro mundo y, por supuesto, debemos ir identificados para poder reconocernos en otras épocas. Aunque esto depende de cuándo y a dónde vayas. Para tu época, por ejemplo, son los calcetines con chanclas.
Mi enfado iba en aumento.
‒ ¿Pero eso qué tiene que ver con que yo esté aquí?
‒ Te he traído yo. Para que te quedes conmigo. Tenemos permiso para hacerlo en muy raras ocasiones. Me caes bien, te había visto un par de veces y pedí permiso para que te vinieras conmigo, tuve que tirar de muchos hilos (21) para que me lo concedieran, no fue fácil.
‒ ¿Quién te has creído que eres? ‒ Estallé. ‒ Yo no soy una cosa que puedas comprar y llevar a donde quieras, tengo una vida, tengo amigos y familia.
‒ Pero… Esto es más interesante, puedes hacer muchas cosas, ya no tienes que trabajar.
‒ ¿Estás mal de la chaveta (22)?
Garton me miraba como si no comprendiera mi enfado, claro, supongo que no lo comprendía. Cambió de tema:
‒ Mira, esa es tu habitación, verás que cuando lo hayas pensado un poco te va a parecer una buena idea, no vas a querer volver. Mañana he quedado con unos amigos para que te conozcan y seguro que tienen muchas preguntas que hacerte, no todos los días tenemos a alguien como tú por aquí.
Estaba hecha polvo (23) con todo lo que había pasado, parecía que no iba a poder hacerlo entrar en razón, así que me fui a la habitación que me señalaba, decidí meditarlo (24) todo con más calma y esperar una ocasión más propicia.
Tenía muchas cosas qué pensar. ¿Cómo iba a volver? ¿Se pondría violento si intentaba escaparme? Aunque no parecía de ese tipo ¿Cómo funcionaba esto de los viajes en el tiempo?
(21) Recurrir a gente de influencia.
(22) ¿Estás loco?
(23) Estaba muy cansada.
(24) Pensar con tranquilidad, considerando todas las opciones.
 

Viaje al pasado III

Capítulo III

Me quedé con la mirada fija en el suelo e intenté pensar un momento. A ver, estaba en el baño, iba a ducharme, ¿qué había hecho justo antes de encontrarme allí? La sentí en la mano, la moneda, tenía el puño cerrado alrededor de la moneda. Me la metí en el bolsillo.
La gente caminaba tranquilamente, parecía un día cualquiera en cualquier lugar del mundo pero… ¿en qué lugar? Debería preguntarle a alguien. Sí, claro: “Oiga, perdone, ¿dónde estamos?” Uff, no podía hacer eso.
Sin embargo, eso no era todo, algo era diferente. Los edificios me resultaban extraños, nunca había visto arquitectura de ese tipo; y la gente, la ropa que llevaba también era rara. No había bullicio (16), ¿no hablaba la gente? Sí, sí hablaban, pero muy bajito. ¿Y los coches? ¡No había!
A punto estuve de ponerme a gritar, me estaba agobiando (17) mucho, muchísimo.
Me puse a caminar, no iba a quedarme parada en mitad de la calle. Vi a varias personas agrupadas en una esquina, pasé por su lado y me di cuenta de que estaban mirando algo en una pantalla. Me puse al lado de un señor que llevaba un largo abrigo blanco, como una bata de médico pero de una tela un poco brillante y observé la pantalla.
“… los ciudadanos no tienen que preocuparse esta vez, las tormentas solares que se avecinan no tendrán ningún perjuicio contra la salud siempre y cuando se utilicen las medidas de seguridad establecidas en el acuerdo de Moscú de 2134…”
¿Cómo? ¿Tormentas solares? ¿2134? ¿A qué se refería? No podía creérmelo, no podía ser cierto. No podía ser el año. Miré alrededor. La ropa, todos llevaban esa tela un poco brillante pero de diferentes colores, todos colores claros. Las mujeres no llevan bolsos, no vi ningún perro, los coches, no estaban… ¿y las tiendas? Tampoco veía ninguna. No, no, no… ahora sí que iba a ponerme a gritar. ¿Cómo había llegado allí? ¿2134?
Y de pronto lo vi, al turista, el que me había dado la moneda. Me costó reconocerlo, la ropa era diferente, no había cámara de fotos tampoco. Estaba parado enfrente de un gran edificio. Me acerqué a él.
‒ Perdone ‒ le dije mientras le tocaba el brazo para llamar su atención.
Apartó la vista un momento del edificio, me miró, sonrió, pero no me contestó.
‒ Perdone, ‒ repetí‒ es usted ¿verdad? Aquí, en la cafetería, bueno, allí, quiero decir… ¿Me entiende?
Volvió a mirarme.
 ‒ Era mucho más bonito antes ¿no?
‒ ¿Cómo?
Me puse a mirar hacia el edificio que absorbía toda su atención, a través de la puerta de cristal vi una estatua. No me costó trabajo reconocerla. Era la estatua de Pedro Romero, la del parque. No había que ser tonto para llegar a la misma conclusión que yo llegué: De alguna manera, por increíble que pudiera parecer, había viajado al futuro y lo que tenía delante de mis narices era lo que quedaba del parque.
El turista interrumpió mis pensamientos.
 ‒ Antes era más bonito. Se han cargado (18) la vista.
‒ Sí, claro ‒ carraspeé (19). ‒ Esto es todo demasiado… no sé cómo decirlo… ¿artificial?
‒ Ja, ja, ja. ‒Le había hecho gracia mi comentario.
‒ Sí, tienes razón: “artificial”. O si lo prefieres, frío. Por eso suelo visitarlo a menudo. El pasado. ‒ Aclaró.
No necesitaba más confirmación.
‒ ¿Qué hago aquí? ‒  le pregunté.
Ignoró descaradamente (20) mi pregunta.‒ ¿Vienes?
Lo seguí, ¿acaso tenía algo que hacer?
Caminamos hacia el Puente Nuevo, que ahora era una pasarela automática. El turista se paró al comienzo de la pasarela.
‒ Este es el único sitio desde el que se puede ver el paisaje ahora. Si es que se le puede llamar así.
Tenía razón. Donde antes se contemplaban las montañas solo había una extensión de construcciones uniformes. Una verdadera pena. Me deprimió un poco.
(16) Jaleo, ruido.
(17) Preocupando
(18) Han estropeado
(19) Toser para aclarar la garganta.
(20) Sin vergüenza